viernes, 23 de marzo de 2012

Niños al borde de un ataque de nervios

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Muchos niños están así: hiperactivados (que no hiperactivos), con movimientos sin intención concreta, con poca reflexión…

En ese estado de agitación continuo en el que pasan tantas horas al día, es muy difícil intentar que se centren en algo.

Algunas causas que se nos ocurren y sus posibles alternativas serían:

-Levantarse con el tiempo justo por las mañanas. Sin tiempo para despertarse completamente ya están oyendo continuas instrucciones para que corran, se den prisa, se vistan, desayunen… y muchas veces, superponiendo unas indicaciones a otras. Y no siempre en tono pausado, porque no hay tiempo.

¿Podríamos despertarlos media hora antes, para no empezar el día corriendo?

-Este problema va ligado a la hora de irse a dormir: pocas veces recordamos que un niño necesita dormir más de 9h. Muchos niños aún pequeños se van a dormir más tarde de las 11 de la noche. Además, la hiperactivación del día, tampoco les deja dormirse inmediatamente.  En general, no descansan lo suficiente, y por la mañana les afecta. Se apura la hora de levantarse en lugar de avanzar la de ir a dormir.

¿Podríamos fijarnos una hora razonable de ir a dormir, en función de la hora en que han de despertarse, y ser disciplinados en su cumplimiento?

-Tras las carreras en casa de buena mañana, algunos niños aprovechan el tiempo antes de entrar al colegio para jugar y correr con los compañeros. Empiezan con mucha actividad, agitados, y en cuanto entran al colegio pretendemos que se calmen, escuchen y hagan las cosas con calma.

¿Podríamos conseguir que estuvieran a nuestro lado, tranquilamente, hasta el momento de entrar en el colegio?

-Las comidas suelen ir acompañadas de dibujos animados o tele, cuando es en casa. De  hora y media de juego agitado en el patio, cuando comen en el colegio.

¿Qué tal quitar la tele y hablar? De paso, enriqueceríamos la expresión oral, la expresión de sentimientos…

-Las tardes son de juego, y de extraescolares, y de de merienda (o no) mientras van de una actividad a otra,y de  llegar a casa corriendo, y de estudiar o hacer deberes para que les empiecen a avisar enseguida de que hay que cenar. La tele sigue ahí presente, con dibujos animados que pocas veces ayudan a la calma.

¿Podríamos dosificar las actividades extraescolares? ¿Se podría conseguir una merienda de niños sentados?

Y en ese estado de excitación perpetuo los enviamos al colegio, confiando en que allí se tranquilizarán. Pero no es fácil. Esa activación tan exagerada les impide reflexionar, tomarse el tiempo necesario para leer un enunciado o pensar en cómo resolver un problema de matemáticas. Les impide escuchar y entender las instrucciones más sencillas. Les impide pensar en cómo están haciendo las cosas. Y su tendencia “natural” es moverse, levantarse (no siempre con un objetivo claro), jugar con los compañeros…

La verdad es que no se lo ponemos fácil. En muchos colegios ya se aplican actividades de relajación, de vuelta a la calma, adaptaciones de yoga y respiración… para poder crear un ambiente propicio para la reflexión.  Y todo esto está muy bien pero quizás sería más sencillo someterles a otro ritmo desde primera hora de la mañana.

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